"Hoy priman las personas que alcanzan libros (aquellos que buscan los ejemplares en las estanterías), pero creo que el librero, como tal, ha desaparecido, y no creo que resurja", dice, un poco resignado, Felipe Ossa. Para él, que heredó la carrera de su padre, Luis Ernesto Ossa, dueño de una famosa librería en la plaza de Bolívar, "un librero es como un farmaceuta, aquella persona a la que uno puede acudir porque necesita un libro para calmar una inquietud o porque tiene algún problema; o porque quiere distraerse y siente el deseo de conocer más".
"La gente debe quitarse toda la prevención contra el arquetipo ese del librero culto al que no se le puede hablar, y deben pensar que ellos están en su misma condición. El librero también está aprendiendo constantemente. Lo que importa de él es que sea curioso y diligente", anota, por su parte, David Roa, quien ya cumple nueve años en el oficio.
Para Mauricio Lleras, el librero debe desarrollar cierta sensibilidad para saber 'leer' a sus clientes, pues al momento de recomendar "hay muchísima responsabilidad detrás". "Uno puede pensar que una novela es magistral y está muy bien escrita, pero puede haber por ahí una cosita que a la persona no le gusta".